Goethe en Italia. Sentido de la fuga a Italia.

Dahin, dahin!

¡Qué felices días los de Italia!

Evocados ya en la vejez a la hora en que se sirve el vino, a la mesa donde se congregan Augusto, la vivaz Otilia y el joven Eckermann, mientras corretean los nietos sin hacer caso de las personas mayores, ¿es un placer o es un dolor? Goethe cambia la conversación de repente, con aquel temor de restarse fuerzas tan característico de sus últimos años. No de otro modo huía de la relectura del Werther.

Todo el viaje es un alivio moral. Pone tregua a las obligaciones habituales, a las costumbres que se han vuelto tiránicas; desarma el sistema de travazones entre el individuo y el ambiente, permitiendo una cierta huelga biológica. Viajar, por eso, es ser feliz. Partir es revivir un poco. Y más cuando el término del viaje es Italia, camino de la tradición, de la cultura eterna.

Goethe había heredado de su padre el amor a Italia. A demás, Italia era lugar de peregrinación para los artistas alemanes. El anhelo acabó de cristalizar con las enseñanzas de Oeser y con el estudio de Winckelmann. Y aun sin los apremios interiores que al fin lo empujaron al viaje, soñaba en él, por lo menos, desde 1756 y lo proyectaba en 1773. Apréciase la progresiva agudización de este anhelo en el Meister: ' Mignon ' y su canción soledosa datan de la era de Weimar.

La fascinación era tal que hasta producía inhibiciones como en el amante de Ovidio. Se lo ha visto, años antes, detenerse en el preciso momento de realizar su sueño; ya en Suiza, 1775; ya cuando pide el auxilio de Merck para convencer a su padre de que lo envíe a Italia; ya cuando salió de Francfort con ese destino y -según él cuenta-, al tocar Heidelberg mudó el rumbo a Weimar. Por todas partes se llega a Roma y, sin embargo, cuando se decide a la grande aventura, todavía se apodera de él la superstición de que no alcanzará el deseado término si alguien descubre su salida. Así el guerrero de la balada se encamina hacia Carcassonne acosado por oscuros presentimientos. Por eso Goethe escapa, por eso su viaje es una fuga y tiene todos los encantos de una secreta iniciación. ' Fausto ' se acerca temblando, al trípode sagrado.

¿Cómo pude, en un viejo libro -El Suicida, 1917- desconocer a tal punto la importancia del viaje a Italia? Aquella escapada significó para Goethe el descubrimiento de la luz, la luz mediterránea que tiembla en las telas de Claudio Loreno, desde entonces ya comprensibles a sus ojos. La profundidad en la claridad -el secreto de la Odisea y el secreto de Grecia- se le descubrieron ante el fulgor del mar siciliano. En su constante investigación del orden, ha presentido que el orden es la ley grecolatina, y va ha comprobar su presentimiento sobre la materia viva de Italia, con aquella necesidad que sentía tan imperiosamente de ver las ideas encarnadas, operando en la naturaleza, en tanto llegaba a descubrir que el arte tiene sus normas exclusivas. De paso, rectificará una dirección equivocada -¡ admirable adolescencia de cuarentón, medida a su talla de gigante!-, y al renunciar, por consejo de Italia, a la pintura, depurará para siempre sus inclinaciones dominantes, aunque sin dejar de lado, en ratos perdidos, el inofensivo "violín de Ingres". Nunca se figuró seriamente que iba a ser pintor; pero el dibujo era un precioso auxilio de su estudio y de su trabajo. También dibujaban Victor Hugo, Ruskin, Paul Valéry, Chesterton, Hillarie Belloc, Focillón... No hace ningún daño.

Italia -explicará Schiller en su primera conversación- "vive de los goces del presente, por que la dulzura y fecundidad de su cielo simplifican las necesidades, abreviando su satisfacción". Los napolitanos no trabajan todo el día por que tal esfuerzo es inútil. Aún se diría que las desgracias, aunque se expresen con gran viveza, se les hincan menos en el corazón. También Renan, en carta a Berthelot, observa que el italiano se sacude fácilmente los contratiempos, mediante como una "coartada moral".

Pensando en la labor oculta que esta lección de sencillez fue haciendo en su espíritu, me fuguro que gracias a Italia llegó gradualmente a aquellas concepciones desnudas y esenciales que son en el orden de lo sensible, un parangón de la "reducción fenomenológica" de Husserl. Un día de abril de 1827, paseaba por la carretera de Erfurt y exclamaba de pronto: "siempre lo he dicho y ahora lo repito. El mundo no podría subsistir si no fuera tan sencillo. Éste miserable suelo soporta con igual vigor las cosechas desde hace miles de años. Un poco de sol y un poco de lluvia bastan para hacerlo reverdecer a cada primavera, y así será indefinidamente ". Donde quiera que Goete reduce a sus lineas maestras una maraña de ideas o incorpora, por decirlo así, su explicación en un objeto palpable, parece que se acuerda de Italia. La explicación, el entendimiento de la naturaleza, son para él una función de la hermosura visual. El paralelo que solía hacer entre el aspecto físico de los italianos y los alemanes es ya bastante expresivo sobre lo que encontró y adquirió en Italia. "La mano de Dios es menos legible en un rostro alemán que en un rostro italiano", decía a Falk.

Italia, a parte de lo que en sí misma haya enseñado a Goethe, representó en su vida aquella interrupción oprtuna, como la del cruzado que se iba a Jerusalén con el principal objeto de hallarse otra vez a sí propio y atajar el proceso de digestión del individuo por el medio. Todo hombre, en cierto momento, debiera someterse a una sacudida semejante. Italia, después de los años de solaz mundano, labor administrativa y su misión amorosa, fue el viaje de expiación de Goethe. Al volver de Italia es ya otro, siendo todavía el mismo, o si se prefiere, es más él mismo. Se ha librado del sedimento psicológico acumulado por su vida anterior. Al regreso, lo esperaba la obra, las Elegías romanas y el Tasso inacabado, dos reinos tan diferentes que sólo un emperador de sí mismo podía frecuentarlos alternativamente si extraviarse. ¿Trajo alguna mala influencia de Italia? Una sin disputa: la desmedida afición a las grandes escalinatas, con las que echó a perder su casa de Weimar, reduciendo las habitaciones mucho más de lo conveniente.

(Goethe en Italia. Sentido de la fuga a Italia. Septiembre de 1786 - Junio de 1788. Trayectoria de Goethe, 1954. Alfonso Reyes)

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